8. David y Salomón

Historia del Antiguo Testamento
presenta un análisis literaria que reconoce que
el Antiguo Testamento mismo manifiesta ser más que el relato histórico
de la nación judía. Tanto para judíos como para cristianos, es la
Historia Sagrada que descubre la Revelación que Dios hace de Sí mismo
al hombre y en él se registra no solo lo que Dios ha hecho en el
pasado, sino también el plan divino para el futuro de la humanidad.

Capítulo
VIII
Unión de
Israel bajo David y Salomón
La edad de oro de David y Salomón,
no tuvo repetición en los tiempos del Antiguo Testamento. La expansión
territorial y los ideales religiosos, como fueron imaginados por
Moisés, fueron realizados en un grado máximo que antes o después de la
historia de Israel. En los siglos siguientes, las esperanzas
proféticas para la restauración de la fortuna de Israel,
repetidamente se refiere al reino de David, como ideal supremo.
La unión davídica y expansión
Los esfuerzos políticos de David
fueron marcados con el sello del éxito. En menos de una década tras la
muerte de Saúl, todo Israel acudía en apoyo de David, que había
comenzado su reinado con sólo el pequeño reino de Judá. Mediante
éxitos militares y amistosas alianzas, pronto controló el territorio
existente entre el río de Egipto y el golfo de Acaba hasta la costa
fenicia y la tierra de Hamat. El respecto internacional y el
reconocimiento que David ganó para Israel no fue desafiado por
poderes foráneos hasta el final de los últimos años de Salomón.
El nuevo rey también se distinguió
como caudillo religioso. Aunque denegado el privilegio de construir el
templo, él hizo las más elaboradas provisiones para su erección bajo
su hijo Salomón. Con el caudillaje real de David, los sacerdotes y
levitas fueron extensamente organizados para la efectiva participación
en las actividades religiosas de la totalidad de la nación.
El segundo
libro de Samuel detalla y explica el reino de David con gran
minuciosidad. Una larga sección (11-20) suministra el relato exclusivo
del pecado, el crimen y la rebelión en la familia real. La
transferencia del reinado a Salomón y la muerte de David, están
relatadas en los primeros capítulos del primer libro de Reyes. El
primer libro de Crónicas también hace referencia al período davídico y
representa una unidad independiente, enfocando la atención sobre David
como el primer gobernante en una continuada dinastía. Por vía de
introducción al establecimiento del trono de David, el cronista traza
el fondo genealógico de las doce tribus sobre las cuales gobernaba
David. Saúl no está sino muy brevemente mencionado, tras lo cual David
se presentaba como rey de Israel. La organización de Israel
políticamente lo mismo que en el aspecto religioso está más elaborada
dada la supremacía de David sobre las naciones circundantes y recibe
un mayor énfasis. Antes de concluir con la muerte de David, los
últimos ocho capítulos en este libro dan una extensa descripción de su
preparación para la construcción del templo. En consecuencia I
Crónicas es un valioso complemento para lo registrado en II Samuel.
El bosquejo del
reinado de David en este capítulo, representa un arreglo cronológico
sugerido de los acontecimientos conforme están registrados en II
Samuel y I Crónicas:
El rey de Judá
Nacido en
tiempos turbulentos, David estuvo sujeto a un rudo período de
entrenamiento para el reinado de Israel. Fue requerido por el rey para
el servicio militar tras haber matado a Goliat y ganado una
experiencia inapreciable en hazañas militares contra los filisteos.
Tras que fue forzado a dejar la corte, condujo a un grupo fugitivo y
se congració a sí mismo con los terratenientes y dueños de grandes
rebaños en la parte meridional de Israel, proporcionándoles un
efectivo servicio. Al propio tiempo, negoció con éxito diplomático las
relaciones con los filisteos y moabitas, mientras que se hallaba
considerado en Israel como un individuo al margen de la ley.
David estuvo en
la tierra de los filisteos cuando el ejército de Saúl fue
decisivamente derrotado en monte Gilboa. Muy poco después de que David
rescatase a sus esposas y recobrase el botín que había sido tomado por
los asaltantes amalecitas, un mensajero le informó de los desgraciados
acontecimientos que habían tenido lugar en Israel. Sobrecogido por el
dolor, David
dio un inmortal tributo a Saúl y a Jonatán en una de las más grandes
elegías que existen en el Antiguo Testamento. No solo Israel había
perdido a su rey sino que David había perdido a su más íntimo amigo de
siempre, a Jonatán. Cuando el portador de las noticias, un amalecita,
reclamó una recompensa por la muerte de Saúl, David ordenó su
ejecución por haber tocado al ungido de Dios.
Tras de
hallarse cierto de la aprobación de Dios, David volvió a la tierra de
Israel. En Hebrón, los jefes de su propia tribu (Judá) le un gierony
reconocieron como a su rey. David era bien conocido en todos los
clanes de la zona, habiendo protegido los intereses de los
propietarios de tierras y compartido con ellos el botín obtenido al
atacar a sus enemigos (I Sam.
30:26-31). Como rey de Judá, David envió un mensaje de felicitación a
los hombres de Jabes por dar al rey Saúl un respetable enterramiento.
No hay duda de que este amistoso y gentil gesto tenía también
implicaciones políticas, en lo que David se sentía necesitado para
procurarse toda clase de apoyo.
Israel estuvo en muy serias dificultades cuando acabó
el reinado de Saúl. La capital en Gabaa, o experimentó la destrucción
o gradualmente fue cayendo hasta convertirse en ruinas. Eventualmente,
Abner el jefe del ejército israelita estuvo en condiciones de
restaurar lo bastante el orden para tener a Isboset (Isbaal) ungido
como rey. La coronación tuvo lugar en Galaad, ya que los filisteos
tenían el control sobre la tierra situada al oeste del Jordán. Puesto
que el hijo de Saúl reinaba sobre las tribus del norte sólo por dos
años (II Sam. 210) durante los siete años y medio que David reinó
sobre Hebrón, aparece que el problema de los filisteos demoró el
acceso del nuevo rey por aproximadamente cinco años.
Es así como el
pueblo de Judá abogó por su alianza con David, mientrasque el resto de
los israelitas permanecía leal a la dinastía de Saúl, bajo el
liderazgo de Abner e Isboset. El resultado fue que prevaleciese la
Guerra civil. Tras ser severamente reprobado por Isboset, Abner apeló
a David y le ofreció el apoyo de Israel, en su totalidad. De acuerdo
con la petición de David, Mical, la hija de Saúl, le fue devuelta como
esposa. Aquello tuvo lugar bajo la supervisión de Abner con el
consentimiento de Isboset. De esto quedó patente públicamente que
David no sostenía ninguna animosidad hacia la dinastía de Saúl. El
propio Abner fue a Hebrón donde prometió a David la lealtad de su
pueblo. Tras esta alianza y una vez completada, Abner fue muerto por
Joab en lucha civil. La muerte de Abner dejó a Israel sin un fuerte y
poderoso caudillo militar. Hacía tiempo ya que Isboset había sido
asesinado por dos hombres procedentes de la tribu de Benjamín.
Cuando los asesinos
aparecieron ante David, fueron inmediatamente ejecutados. Desaprobaba
así la muerte de una persona justa.
Sin malicia ni
venganza, David ganó el reconocimiento de todo Israel, mientras que la
dinastía de Saúl fue eliminada del poder político.
Jerusalén—la
capital nacional
No hay
indicación de que los filisteos interfirieran con la ascendencia de
David como rey en Hebrón. Es posible que ellos le considerasen como a
un vasallo, en tanto que el resto de Israel, revuelto por la guerra
civil, no ofrecía resistencia unificada.
Pero se
alarmaron seriamente cuando David ganó la aceptación de la totalidad
de la nación. Un ataque filisteo (II Sam. 5:17-25 I Crón. 14:8-17)
tuvo lugar muy verosímilmente antes de la conquista y ocupación de
Sión. David les derrotó por dos veces, previniendo así su
interferencia en la unificación de Israel bajo el nuevo rey.
Sin duda, la amenaza
filistea en sí misma tuvo un efecto unificador sobre Israel.
Buscando un
lugar central para la capital del reino unido de Israel, David se
volvió hacia Jerusalén. Era un lugar estratégico y menos vulnerable
para ser atacado. Como una fortaleza cananea ocupada por los jebuseos,
había resistido con éxito la conquista y la ocupación por los
israelitas.
En los
registros egipcios ya por el 1900 a. C. esta ciudad ya se conocía como
Jerusalén. Cuando David invitó a sus hombres a conquistar la ciudad y
ex pulsar a los jebuseos, Joab aceptó y fue recompensado con el
nombramiento de jefe de los ejércitos de Israel. Con la ocupación de
la fortaleza por David, se hizo conocida como "la Ciudad de David" (I
Crón. 11:7). En el período davídico, Jerusalén ocupaba la cima de una
colina directamente al sur del área del templo a una elevación
aproximada de 762 mts. sobre el nivel del mar.El lugar era conocido
más particularmente como Ofel. A lo largo de la orilla oriental estaba
el valle de Cedrón, reuniéndose hacia el sur con el valle de Hinom,
que se extendía hacia el oeste. Separándolo de una elevación
occidental, que en tiempos modernos es llamado monte Sión, estaba el
valle Tiropoeon. De acuerdo con Josefo, existía un valle en la parte
norte, separando Ofel del lugar ocupado por el templo. Aparentemente
esta zona Ofel-Sión era de una elevación mayor que el lugar del templo
en la época de la conquista de David. En el siglo II a. C. sin
embargo, los macabeos allanaron la colina arrojando los escombros de
la ciudad davídica en el valle existente debajo. Como resultado, los
arqueólogos han sido incapaces de eslabonar debidamente cualquier
objeto procedente del reinado de David.
Cuando David
asumió el reinado sobre las doce tribus, eligió a Jerusalén
como su capital política. Durante sus días como un fuera de la ley,
había estado seguido por cientos de hombres. Tales hombres fueron bien
organizados bajo su mando en Siclag y más tarde en Hebrón (I Crón.
11:10-12:22). Aquellos hombres se habían distinguido en hazañas
militares de tal forma, que fueron nombrados príncipes y jefes. Cuando
Israel apoyó a David,
la organización fue agrandada para incluir a la totalidad de la
nación, con Jerusalén como centro (I Crón. 12:23-40). Mediante
contrato con los fenicios, fue construido un magnífico palacio para
David como rev (II Sam. 5:11-22).
Al propio
tiempo, Jerusalén se convirtió en el centro religioso de toda a nación
(I Crón. 13:1-17:27 y II Sam. 6:1-7:29). Cuando David intentó llevar
el arca de Dios desde el hogar de Abinadab en Quiriat-jearim por medio
de un carro en lugar de ser llevada por los sacerdotes (Núm. 4), Uza
fue muerto repentinamente. En lugar de llevar el arca a Jerusalén,
David la dejó en el hogar de Obed-edom en Gabaa. Cuando sintió que el
Señor estaba bendiciendo su casa, David transfirió inmediatamente el
objeto sagrado a Jerusalén para ser alojada en una tienda o
tabernáculo, y un culto apropiado se restauró entonces para Israel a
escala nacional.
Con el
renovado interés en la religión de Israel, David se volvió deseoso de
construir un local permanente para el culto. Cuando compartió su plan
con Natán, el profeta, encontró su inmediata aprobación. A la noche
siguiente, sin embargo, Dios comisionó a Natán para informar al rey
que la construcción del templo quedaría pospuesta hasta que el hijo de
David fuese establecido en su trono. Aquello fue una seguridad divina
para David, de que su hijo le sucedería y que él no estaría sujeto a
un hado tan fatal como le había sucedido al rey Saúl. La magnitud de
esta promesa para David, no obstante, se extiende mucho más allá del
tiempo y del alcance del reinado de Salomón. La semilla de David
incluía más que a Salomón, puesto que la orden divina claramente
establecía que el trono de David quedaba establecido para siempre.
Incluso si la iniquidad y el pecado prevaleciese en la posteridad de
David, Dios temporalmente juzgaría y castigaría, pero no haría perder
el derecho a la promesa ni retiraría su merced indefinidamente.
Ningún
reinado terrestre o dinastía ha tenido jamás una duración eterna,
tales como el cielo y la tierra. Tampoco la tuvo el reinado terrenal
del trono de David, sin eslabonar su linaje con Jesús, quien
específicamente está identificado en el Nuevo Testamento como el hijo
de David. Esta seguridad, dada a David mediante el profeta Natán,
constituye otro eslabón en la serie de promesas mesiánicas dadas en
los tiempos del Antiguo Testamento. Dios iba desenvolviendo
gradualmente el compromiso inicial de que la última victoria llegaría
a través de la semilla de la mujer (Gen. 3:15). Una revelación
completa del Mesías y su reinado eterno, se da por los profetas en
siglos subsiguientes.
¿Por qué se
le negó a David el privilegio de construir el templo? En los años de
su reinado, él llegó a la comprobación de que había sido comisionado
como un hombre de estado y un caudillo militar para establecer el
reino Israel (I Crón. 28:3; 22:8). Mientras que el reinado de David
estuvo caracterizado por una situación de estado de guerra, Salomón
gozó de un extenso período de paz. Tal vez la paz prevaleciese por el
tiempo en que David expresó su intención de construir el templo, pero
no hay forma de discernir con certeza en la Escritura cómo las guerras
relatadas están relacionadas cronológicamente a este mensaje dado por
Natán. Posiblemente, hasta que llegase el fin del reinado de David, se
tuviera en cuenta que los días de Salomón eran una mejor oportunidad
para la construcción del templo.
Prosperidad y
supremacía
La expansión
del gobierno de David desde la zona tribal de Judá a un vasto imperio,
extendiendo sus dominios desde Egipto a las regiones del Eufrates,
recibe escasa atención en la Biblia. Y con todo, este hecho registrado
es de básica importancia históricamente, puesto que Israel era la
nación de primera fila en Creciente Fértil a comienzos del siglo
X
a. C. Afortunadamente, las excavaciones arqueológicas
han proporcionado informaciones complementarias.
David fue
inmediatamente desafiado por los filisteos cuando fue reconocido como
rey de todo Israel
(II
Sam.
5:17-25). Les derrotó dos veces, pero en un largo período de tiempo es
completamente verosímil que hubiese frecuentes batallas antes de
reducirlos a un estado tributario y sometido. La captura de un jefe de
sus ciudades, Gat, y la muerte de los gigantes filisteos
(II
Sam. 8:1, y 21:15-22), no son más que ejemplos y
muestras de encuentros en este período crucial en que Israel ganó su
hegemonía.
Bet-sán fue
conquistada durante este período. En Debir y Bet-semes, murallas con
casamatas sugieren que David construyó una línea de defensa contra los
filisteos. Las observaciones de que los filisteos tenían el monopolio
del hierro en los días de Samuel (I Sam. 3:19-20) y de que David lo
utilizaba libremente cerca del fin de su reinado (1 Crón. 22:3),
sugieren que pudo haberse escrito un largo capítulo en la revolución
económica de Israel. El período de proscripción y la residencia de los
filisteos no solo proporcionaron a David la preparación para el
caudillaje militar, sino que indudablemente le dieron un conocimiento
de primera mano con la fórmula y los métodos utilizados por los
filisteos en la producción de armamento. Tal vez muchos de los planes
para la expansión económica y militar fueron hechos mientras David
estaba en Hebrón pero realmente ejecutados después de que Jerusalén
fue convertida en capital. Los filisteos tenían razón en estar
alarmados cuando la desolada y derrotada. Israel fue unificada bajo la
égida de David.
La conquista
y la ocupación de Edom tuvo una gran importancia estratégica. Dio a
David una valiosa fuente de recursos naturales. El desierto árabe, que
se extiende hacia el sur del mar Muerto y hasta el golfo de Acaba,
era rico en hierro y cobre necesitado para romper el monopolio
filisteo. Para estar seguros de que estos suministros no sufrirían
peligro, los israelitas establecieron guarniciones por todo Edom
(II
Sam. 8:14).
Aparentemente,
Israel tuvo poca interferencia procedente de Moab y los amalecitas en
aquella época. Estaban incluidos entre los estados tributarios que
enviaban plata y oro a David.
Hacia el
nordeste, el resurgir del poder de David, expandiendo el estado de
Israel, fue desafiado por las tribus amonitas y arameas. Las primeras
se habían establecido desde Carquemis sobre el Eufrates hasta los
límites orientales de Palestina. Ya eran considerados como enemigos en
los días de Saúl (I Sam. 14:47). Cuando David estuvo considerado como
un hombre fuera de la ley, al menos uno de aquellos estados árameos
tuvo que haber sido amigo de él, puesto que Talmai, el rey de Gesur,
le había dado a su hija Maaca como esposa
(II
Sam.
3:3). Luego que David derrotase a los filisteos y concluido un
tratado con los fenicios, los árameos temieron el resurgir del poder
de Israel. La expansión de Israel puso en peligro sus riquezas y
desafiaba su control de las fértiles llanuras y su gran comercio. Tras
la vergonzosa recepción y tratamiento de los mensajeros de buena
voluntad enviados por David, los amonitas inmediatamente implicaron a
los árameos en su oposición a Israel, pero sus fuerzas combinadas
fueron esparcidas por las tropas de David.
Más tarde, la
ciudad de Raba en Amón fue capturada por los israelitas (I Crón.
20:1). Las fuerzas arameas entonces se organizaron bajo Hadad-ezer que
empleó y reunió fuerzas desde tan lejos como Aram-Naharaim o
Mesopotamia (I Crón. 19:6). Esta vez las fuerzas israelitas avanzaron
hacia Elam, derrotando su fuerte coalición. Aquello expandió la
condenación para la alianza amonita.
Subsiguiente
a esto, David atacó a Hadad-ezer una vez más cuando los sirios se
hallaban al alcance del Eufrates para reclamar el territorio bajo
control asirlo
(II
Sam. 8:3).
Damasco, que estaba tan íntimamente aliada con Haded-ezer (I Crón.
18:3-8), cayó bajo el control de David, añadiendo así otra victoria
para los israelitas. Sus guarniciones ocuparon la ciudad, colocándola
bajo un fuerte tributo, y Hadad-ezer concedió grandes cantidades de
oro y bronce a David. La dominación de los estados árameos de Hamat,
sobre el Orontes, añadió grandemente muchos más recursos que
enriquecieron a Israel. La administración de Damasco por parte de los
israelitas, no fue desafiada hasta los años pióximos al reinado de
David.
En los días
de la expansión nacional, las provisiones hechas por Mefiboset
ilustran la magnánima actitud de David hacia los descendientes de su
predecesor
(II
Sam. 9:1-13).
Cuando David supo la desgracia que se había abatido sobre el hijo de
Jonatán. Mefiboset, le concedió una pensión procedente de su tesoro
real. Al inválido le fue entregado un hogar en Jerusalén y colocado
bajo el cuidado del sirviente Siba.
Mefiboset
recibió especial consideración en una crisis subsiguiente
(II
Sam. 21:1-14), cuando el hambre se produjo en la tierra
de Israel. Dios reveló a David que el hambre era un juicio por el
terrible crimen de Saúl de atentar con el exterminio de los gabaonitas
con quien Josué había hecho una alianza (Jos. 9:3 ss.). Dándose cuenta
de que aquello sólo podía ser expiado (Núm. 35:31), David permitió que
los gabaonitas ejecutaran a siete de los descendientes de Saúl.
Mefiboset, sin embargo, fue excluido. Cuando David fue informado del
luto de Rizpa, una concubina de Saúl tomó las medidas necesarias para
el adecuado enterramiento de los restos de aquellas víctimas en el
sepulcro familiar de Benjamín. Los restos de Saúl y Jonatán también
fueron trasladados a dicho lugar. Con aquello, el hambre tocó a su
fin.
Como rey del
imperio israelita, David no falló en reconocer que Dios había sido el
único que garantizó las victorias militares de Israel y el autor de su
prosperidad material. En un salmo de acción de gracias
(II
Sam.
22:1-51), David expresa su alabanza al Dios Omnipotente por la
liberación de los enemigos de Israel, al igual que para las naciones
paganas. Este Salmo también se cita el capítulo 18 del libro de los
Salmos. Ello representa un ejemplo de muchos de los que él compuso en
varias ocasiones durante su azarosa carrera de muchacho pastor,
sirviente de la corte real, proscrito de Israel, y finalmente como el
arquitecto y constructor del gran imperio de Israel.
El pecado
en la familia real
Las
imperfecciones en el carácter de un miembro de la familia real, no
están minimizadas en la Sagrada Escritura. Un rey de Israel que cayó
en el pecado no podía escapar a los juicios de Dios. Al mismo tiempo,
David, como pecador, arrepentido, reconoció su iniquidad y de esta
forma se calificó como un hombre que agradaba a Dios (I Sam. 13:14).
David
practicaba la poligamia
(II
Sam.
3:2-5; 11:27) y aunque esto está definitivamente prohibido en la más
amplia revelación del Nuevo Testamento, era tolerado en el Antiguo y
en su tiempo, a causa de la dureza de corazón de Israel. La poligamia
estaba igualmente practicada por todas las naciones circundantes. Un
harén en la corte era una cosa aceptada. Aunque advertido de la
multiplicidad de esposas en la ley de Moisés (Deut. 17:17), David se
hizo con varias. Algunos de aquellos matrimonios tenían,
indudablemente implicaciones de tipo político, tal como por ejemplo el
casamiento con Mical, la hija de Saúl y con Maaca, la hija de Talmai,
rey de Gesur. Como otros, David tuvo que sufrir las consecuencias de
los crímenes de incesto, asesinato y rebelión llevados a cabo en la
vida de su familia.
El pecado de
asesinato y adulterio de David constituía un crimen perfecto desde el
punto de vista humano. Se produjeron en los días de los éxitos
militares y la expansión del imperio. Los filisteos ya habían sido
derrotados y la coalición aramea-amonita había sido rota el año
anterior. Mientras David permaneció en Jerusalén, los ejércitos
israelitas, bajo el mando de Joab, fueron enviados a conquistar la
ciudad amonita de Raba. Siendo seducido por Betsabé, David cometió
adulterio. El sabía que ella era la esposa de Urías, el heteo; un
mercenario leal del ejército de Israel. El rey envió a Unas al frente
de batalla y después mandó llamarlo ordenando a Joab su vuelta
mediante una carta arreglando las cosas para que fuese muerto por el
enemigo. Cuando llegaron a Jerusalén los informes de que Urías había
muerto en la batalla contra los amonitas, David se casó con Betsabé.
Tal vez los hechos que dieron lugar al repugnante crimen de David
quedaran en el secreto, ya que una baja en la línea del frente de
batalla, era algo común, y corriente. Incluso si ello fue conocido por
Joab ¿quién era el que reprobaba o desafiaba al poder del rey?
Aunque David
no era responsable ante nadie en su reino, falló en no darse cuenta
de que este "crimen perfecto" era conocido por Dios. En una nación
pagana, una acción criminal de adulterio y muerte pudo haber pasado
ignorada; pero aquello no podía ocurrir en Israel, donde un rey
sostenía su posición de realeza mediante una fe sagrada. Cuando Natán
describe el crimen de David en la dramática historia del hombre rico
que toma ventaja de su pobre sirviente, David se enfureció protestando
de que semejante hecho pudiera ocurrir en su reino. Natán claramente
declaró que David era el hombre culpable de asesinato y adulterio.
Afortunadamente para Natán, el rey se arrepintió. Las crisis
espirituales de David encuentran su expresión en la poesía (Salmos 32
y 51). Se le concedió perdón, pero las consecuencias fueron
ciertamente graves en lo doméstico
(II
Sam.
12:11).
La
inmoralidad y el crimen dentro de la familia, prorito envolvieron a
David en una lucha civil y una rebelión. La falta de disciplina de
David y su autolimitación fueron un pobre ejemplo para sus hijos. La
conducta inmoral de Amnón con su hermanastra, resultó en su asesinato
por Absalón, otro hijo de David. Naturalmente, Absalón incurrió en el
disfavor de su padre. Como consecuencia, halló su única salida en
salir de Jerusalén, refugiándose con Talmai, su abuelo, en Gesur.
Allí permaneció durante tres años.
Entre tanto,
estaba buscando una reconciliación entre David y Absalón. Empleando
una mujer de Tecoa
(II
Sam.
14), Joab obtuvo la autorización del rey para que Absalón volviese a
Jerusalén, con el bien entendido de que no podría aparecer más por la
corte real. Después de dos años, Absalón, finalmente, recibió permiso
para ir a la presencia de su padre. Habiendo vuelto a ganar el favor
del rey, se aseguró para sí una guardia real de cincuenta hombres con
caballos y carros de combate. Durante cuatro años, el hermoso Absalón
fue activo con exceso en las relaciones públicas a las puertas de
Jerusalén, venciendo y ganando el favor y la aprobación de los
israelitas. Pretendiendo dar cumplimiento a un voto, se aseguró el
obtener permiso del rey para marcharse a Hebrón.
La rebelión
que Absalón estableció en Hebrón, fue una completa sorpresa para
David. Espías fueron enviados por toda la tierra de Israel para
proclamar que Absalón sería rey al son de las trompetas. Muy
verosímilmente, muchas de las gentes que habían sido impresionadas por
Absalón, llegaron a la conclusión de que, como hijo de David, iba a
hacerse dueño del reino. A cualquier precio, eran muchos los que
apoyaban a Absalón, incluido Ahitofel, consejero del rey David. Las
fuerzas rebeldes, conducidas por Absalón, marcharon sobre Jerusalén y
David, que no estaba preparado para resistir, huyó a Mahanaim, más
allá del Jordán. Husai, un amigo devoto y consejero, siguió el consejo
de David y permaneció en Jerusalén para contrarrestar el consejo de
Ahitofel. Este último, que pudo haber planeado la totalidad de la
rebelión y ofrecido su apoyo a Absalón desde el principio, aconsejó
que le permitiese perseguir a David inmediatamente, antes de que se
pudiera organizar una oposición. Pero Absalón solicitó consejo de
Husai, quien le persuadió de posponer semejante persecución, ganando
así un tiempo precioso que necesitaba David para organizar sus fuerzas.
Habiéndose convertido en un traidor, y comprobando que David sería
restablecido en el trono, Ahitofel se ahorcó.
David fue un
brillante militar. Preparó sus fuerzas para la batalla y pronto puso
en fuga los ejércitos de Absalón. Joab, contrariamente a las órdenes
de David, mató a Absalón mientras perseguía al enemigo. David,
habiendo perdido el sentido de la prioridad, llevó a cabo el luto por
su hijo en lugar de celebrar la victoria. Este turno en los
acontecimientos dieron por resultado que Joab se encarase con el rey
por descuidar el bienestar de los israelitas quienes le habían
prestado su más leal apoyo.
Con Absalón
fuera de combate, el pueblo volvió de nuevo hacia David acatando su
jefatura. La tribu de Judá, que había apoyado la rebelión del hijo
rebelde de David, fue el último grupo en volver hacia él tras haber
hecho una rápida concesión de sustituir Amasa por Joab.
Cuando David
volvió a la capital, otra rebelión surgió como consecuencia de la
confusión reinante. Seba, un benjaminita, tomando como base de que
Judá había traído de nuevo a David a Jerusalén, fustigó la oposición
contra él. Amasa fue comisionado para suprimir la rebelión. En
subsiguientes acontecimientos, Joab mató a Amasa y después condujo la
persecución de Seba, quien, fue decapitado en la frontera asiría por
el pueblo de Abel-bet-maaca. Joab hizo sonar la trompeta, retornó a
Jerusalén y continuó sirviendo como comandante del ejército bajo
David.
A través de
casi una década del reinado de David, las solemnes palabras
pronunciadas por Natán fueron realmente cumplidas. Comenzando con la
inmoralidad de Amnón y continuando con la supresión de la rebelión de
Seba, el mal había fermentado en la propia casa de David.
Pasado y
futuro
Un
Proyecto favorito de David, durante los últimos años de su vida, fue
el hacer los preparativos para la construcción del Templo. Planes muy
elaborados y arreglos dispuestos en sus más mínimos detalles, fueron
cuidadosamente llevados a cabo en la adquisición de los materiales de
construcción. El reino estaba bien organizado para el eficiente uso
del trabajo local y extranjero. David incluso perfiló los
detalles para el culto religioso en la estructura propuesta.
La
organización militar y civil del reino se desarrolló gradualmente,
durante todo el reinado de David, conforme el imperio se expandía. La
pauta básica de organización utilizada por David pudo haber sido
similar a la practicada por los egipcios. El registrador o cronista
estaba al cuidado de los archivos, y como tal, tenía la muy importante
posición de ser el hombre de relaciones públicas entre el rey y sus
oficiales. El escriba o secretario, era el responsable de la
correspondencia propia o extraña, teniendo grandes conocimientos en
cuestiones diplomáticas. En un período avanzado del reinado de David
(II
Sam. 20:23-25), un, oficial adicional estaba a cargo de
los trabajos forzados. Muy verosímilmente, otros oficiales de alta
categoría estaban agregados al gobierno, conforme se multiplicaban las
responsabilidades. Las cuestiones de la judicatura parecen ser que
eran manejadas por el propio rey
(II
Sam.
14:4-17; 15:1-6).
El comandante
en jefe de las fuerzas militares era Joab. Hombre sobresaliente en
capacidad y condiciones de caudillaje, no solamente era responsable
de las victorias militares, sino que ejercía considerable influencia
sobre el propio David. Una unidad de tropas extranjeras o mercenarias,
compuesta por cereteos y péleteos bajo el mando de Benaia, pudo haber
sido el ejército de David. El rey también tenía un consejero privado.
Ahitofel había servido en este puesto hasta que apoyó a Absalón con
motivo de la rebelión de este último. Los hombres poderosos que se
habían agregado a David antes de que se convirtiese en rey, estaban
entonces conceptuados como formando un Consejo o Legión de honor (I
Crón. 11:10-47;
II
Sam.
23:8-39). Cuando David organizó su reino con Jerusalén como capital se
hallaban treinta hombres en este grupo. Con el tiempo, se fue
agrandando la cantidad y el rango de los hombres que se distinguieron
por hechos heroicos. De este selecto grupo de héroes, fueron elegidos
doce hombres para estar a cargo del ejército nacional, consistente en
doce unidades (I Crón. 27:1-24). Por todo el reino, David nombró
supervisores de las granjas, los cultivos y los ganados (I Crón.
27:25-31).
El censo
militar de Israel y las punitivas consecuencias para el rey y su
pueblo están detalladamente relatadas en los elaborados planes de
David para la construcción del Templo. La razón para el divino castigo
sobre David, al igual que para la totalidad de la nación, no se
establece explícitamente. El rey ordenó que se hiciera el censo. Joab
protestó pero fue ignorado al respecto
(II
Sam.
24). En menos de diez meses, completó el censo de Israel con la
excepción de las tribus de Levi y Benjamín. La fuerza militar de
Israel era de aproximadamente de un millón y medio lo que sugiere una
población total de cinco o seis millones de personas.
David se
hallaba firmemente consciente del hecho de que había pecado al hacer
su censo. Puesto que ambos relatos preceden a este incidente con una
lista de héroes militares, el censo pudo haber sido motivado por
orgullo y una seguridad y confianza sobre la fuerza militar de Israel
en sus logros nacionales. Al mismo tiempo, el estado de la mente de
David al imponer este censo, fue considerado como un juicio sobre
Israel
(II
Sam. 24:1; y
I Crón. 21:1). Tal vez Israel fuese castigado por las rebeliones bajo
Absalón y Seba durante el reinado de David.
David,
arrepentido de su pecado, fue informado mediante Gad, el profeta, que
podía elegir uno de los siguientes castigos: el hambre por tres años,
un período de tres meses de reveses militares o una peste de tres días.
David se resignó a sí mismo y a su nación a la misericordia de Dios,
eligiendo lo último. La peste duró un día, pero murieron 70.000
personas en todo Israel. Mientras tanto, David y los ancianos,
vestidos con ropas de saco, reconocieron al ángel del Señor en el
lugar de la era, al norte de Jerusalén sobre el monte Morían.
Reconociendo que era el ángel destructor, David ofreció una plegaria
intercesoria por su pueblo. Mediante instrucciones dadas por Gad,
David compró a Omán, el jebuseo, la era. Mientras ofrecía el
sacrificio ante Dios, David era consciente de la divina respuesta,
cuando cesó la peste, terminando así el juicio sobre su pueblo. El
ángel destructor desapareció y Jerusalén fue salvada.
David quedó
tan impresionado, que determinó hacer de la era el lugar para el altar
de los holocaustos. Allí tenía que ser erigido el templo. Pudo muy
bien haber sido el mismo lugar donde Abraham, casi un milenio antes,
se prestó a sacrificar a su hijo Isaac, e igualmente tuvo la
revelación y la aprobación divinas.
Aunque el
monte de Moríah estaba al exterior de la ciudad de Sión (Jerusalén) en
tiempo de David, Salomón lo incluyó en la ciudad capital del reino.
David había traído previamente el arca a Jerusalén, alojándola dentro
de una tienda. El altar del holocausto y el tabernáculo construido
bajo la supervisión de Moisés fueron puestos en Gabaón, en un lugar
alto a ocho kms. al noroeste de Jerusalén. Puesto que a David le fue
denegado el privilegio de construir realmente el templo, es muy
verosímil que no se hubieran desarrollado planes previamente, como la
colocación del santuario central. Mediante la teofanía de la era,
David llegó a la conclusión de que aquel era el lugar donde tendría
que ser construida la casa de Dios.
David
reflexionó sobre el hecho de que había sido un hombre sangriento y
guerrero. Puede que entonces comprobase que de haber intentado
construir el templo, todo se habría quedado parado por una guerra
civil, que con tanta frecuencia se encendía en su reinado. Los siete
años y medio en Hebrón había sido un período de preparación. Durante
la próxima década, Jerusalén quedó establecida como la capital
nacional, mientras que la nación estaba siendo unificada en la
conquista de las naciones circundantes. Es muy Posible que Salomón
naciese durante aquella época. Tuvo que haber sido hacia el fin de la
segunda década del reinado de David, cuando Absalón asesinó a Amnón,
puesto que Absalón nació mientras que David se enconaba en Hebrón.
Las dificultades domésticas, que acabaron con la rebelión de Absalón,
duraron casi diez años y probablemente coincidieron con la tercera
década del reino de David. Cuando David hubo establecido con éxito la
supremacía militar de Israel y organizado la nación, parece que había
llegado la hora de concentrarse en los preparativos para la
construcción del templo.
Con el monte
Moríah como lugar de erección, David imaginó la casa del Señor
construida bajo Salomón, su hijo. Hizo un censo de los extranjeros en
el país e inmediatamente les organizó para trabajar la piedra, el
metal y la madera. Anteriormente, y en su reinado, David ya había
tratado con el pueblo de Tiro y Sidón para construir su palacio en
Jerusalén
(II
Sam. 5:11).
Los cedros para el proyecto del edificio fueron suministrados por
Hiram, rey de Tiro. Salomón recibió el encargo de acatar la
responsabilidad de obedecer la ley como había sido promulgada a través
de Moisés. Como rey de Israel, contaba con Dios y si era obediente,
gozaría de sus bendiciones.
En una
asamblea pública, David encargó a los príncipes y a los sacerdotes de
reconocer a Salomón, como su sucesor. Entonces, procedió a bosquejar
cuidadosamente los servicios del templo. Los 38.000 levitas fueron
organizados en unidades y asignados al ministerio regular del templo.
Pequeñas unidades recibieron la responsabilidad de guardadores de las
puertas y los músicos todo lo concerniente a la música vocal e
instrumental. Otros levitas fueron asignados como tesoreros para
cuidar los lujosos regalos dedicados por los príncipes israelitas,
procedentes de toda la nación (I Crón. 26:20 ss). Aquellas donaciones
eran esenciales para la ejecución de los planes cuidadosamente hechos
para el templo (I Crón. 28:11-29:9). La realización se colocaba así
bajo el glorioso reinado de Salomón.
Las últimas
palabras de David
(II
Sam
23:1-7) revelan la grandeza del héroe más honrado de Israel. Otro
canto
(II
Sam. 22),
expresando su acción de gracias y alabanza por toda una vida repleta
de grandes victorias y liberaciones, pudo haber sido compuesto en el
último año de su vida e íntimamente asociado con este poema. Aquí, él
habla proféticamente respecto de la eterna duración de su reino. Dios
le había hablado, afirmando una alianza eterna. Este testimonio por
David habría constituido un apropiado epitafio para su tumba.
La era
dorada de Salomón
La paz y la
prosperidad caracterizaron el reino de Salomón. David había
establecido el reinado; ahora Salomón iba a recoger los beneficios de
los trabajos de su padre.
El relato de
esta era está brevemente dado en I Reyes 1:1-11:43 y
II
Crón.
1:1-9:31. El punto focal en ambos libros es la construcción y
dedicación del templo, que recibe mucha más consideración que
cualquier otro aspecto del reinado de Salomón. Otros proyectos, el
comercio y los negocios, el progreso industrial y la sabia
administración del reinado, están sólo brevemente mencionados. Muchas
de esas actividades, escasamente mencionadas en los registros de la
Biblia, han sido iluminados a través de excavaciones arqueológicas
durante las pasadas tres décadas. Excepto por lo que respecta a la
construcción del templo, que se asigna a la primera década del reinado,
y la construcción de su palacio, que fue completado
trece años más tarde, hay poca información que pudiera utilizarse como
base para un análisis cronológico del reinado de Salomón.
Establecimiento del trono
El acceso de
Salomón al trono de su padre, no fue sin oposición. Puesto que Salomón
no había sido públicamente coronado, Adonías concibió ambiciones para
suceder a David. En cierto sentido, estaba justificado. Amnón y
Absalón habían sido muertos. Quileab, el tercer hijo mayor de David,
aparentemente había muerto también, ya que no es mencionado, y
Adonías se hallaba el próximo en la línea sucesoria. Por otra parte,
la debilidad inherente a David en sus problemas domésticos, era
evidente en la falta de disciplina de su familia (I Reyes 1:6).
Evidentemente, Adonías no había sido enseñado a respetar el hecho
divinamente revelado de que Salomón tenía que ser el heredero del
trono de David
(II
Sam. 7:12; I
Reyes 1:17). Siguiendo la pauta de Absalón, su hermano, Adonías se
apropió de una escolta de cincuenta hombres con, caballos y carros de
guerra, y pidió el apoyo de Joab invitando a Abiaíar, el sacerdote de
Jerusalén, para proceder a ser ungido como rey. Este suceso
tuvo lugar en los jardines reales de En-rogel, al sur de Jerusalén.
Conspicuamente ausentes en aquella reunión de los oficiales
gobernantes y la familia real, estaban Natán el profeta, Benaía el
comandante del ejército de David, Sadoc el sacerdote oficiante en
Gabaa y Salomón con su madre, Betsabé.
Cuando las
noticias de aquella reunión de fiesta llegaron a palacio, Natán
V
Betsabé inmediatamente apelaron a David. Como resultado, Salomón
cabalgó sobre la muía del rey David hasta Gihón, escoltado por Benaía
y el ejército real. Allí, en la falda oriental de Monte Ofel, Sadoc
ungió a Salomón y así públicamente le declaró rey de Israel. El
pueblo de Jerusalén se unió en la pública aclamación de: "¡Viva el rey
Salomón!". Cuando el ruido de la coronación resonó por el valle de
Cedrón, Adonías y sus adictos quedaron grandemente confundidos y
consternados. La celebración cesó inmediatamente, el pueblo se
dispersó y Adonías buscó seguridad en ios cuernos del altar en el
tabernáculo de Jerusalén. Sólo después de que Salomón le diera palabra
de respetar su vida, sujeta a buena conducta, dejó Adornas! el sagrado
refugio.
En una
reunión subsiguiente, Salomón fue oficialmente coronado y rej conocido
(I Crón. 28:1 ss.). Con los oficiales y hombres de estado de la totalidad de la nación presente, David hizo entrega de su poder
confiandc sus responsabilidades a Salomón y explicó al pueblo la
realidad de lo dido, ya que era Salomón el rey elegido por Dios.
En una charla
privada con Salomón (Reyes 2:1-12), David recordó a sil hijo su
responsabilidad de obedecer la ley de Moisés. En sus últimas palabras
en el lecho de muerte, hizo saber a Salomón el hecho de que sangre
inocente había sido derramada por Joab en la muerte de Abne y Amasa,
del tratamiento irrespetuoso de Simei cuando tuvo que huir de
Jerusalén, y de la hospitalidad que le fue concedida por
Barzilai, galaadita, en los días de la rebelión de Absalón.
Tras la
muerte de David, Salomón reforzó su derecho al trono eliminando a
cualquier posible conspirador. La petición de Adonías de esposar
Abisag, la doncella sunamita, fue interpretada por Salomón como una
traición. Adonías fue ejecutado. Abiatar fue suprimido de su lugar de
honor que había mantenido bajo el reinado de David y fue desterrado a
Anatot. Puesto que era del linaje de Eli (I Sam. 14:3-4) la deposición
de Abiatar marcó el cumplimiento de las solemnes palabras dichas por
Eli por un profeta innominado que llegó a Silo (I Sam. 2:27-37).
Aunque Joab había sido culpable de conducta traicionera en su apoyo a
Adonías, fue ejecutado principalmente por los crímenes durante el
reino de David. Simei, que estaba en libertad bajo palabra, fracasó
por las restricciones que se le impusieron y de igual forma sufrió la
pena de muerte.
Salomón
asumió el caudillaje de Israel a una temprana edad. Ciertamente tenía
menos de treinta años, quizás sólo veinte. Sintiendo la necesidad de
la sabiduría divina, reunió a los israelitas en Gabaón, donde estaban
situados el tabernáculo y el altar de bronce e hizo un gran sacrificio.
Mediante un sueño, recibió la divina seguridad de que su petición
para la sabiduría le sería concedida. Además de una mente privilegiada,
Dios también le dotó de riquezas, honores y una larga vida,
condicionado todo ello a su obediencia (I Reyes 3:14).
La sagacidad
de Salomón se convirtió en una fuente de hechos maravillosos. La
decisión dada por el rey cuando dos mujeres contendieron por la
maternidad de un niño (I Reyes 3:16-28), indudablemente representa
una muestra de los casos en que demostró su
extraordinaria sabiduría. Cuando esta y otras noticias circularon por
toda la nación, los israelitas reconocieron que la plegaria del rey
en súplica por sabiduría, había sido escuchada y concedida.
Organización del reino
Comparativamente, es muy poca la información que se da respecto a la
organización del vasto imperio de Salomón. Aparentemente, fue sencilla
en sus principios; pero indudablemente se hizo más compleja con el
paso de los años de responsabilidad siempre creciente. El propio rey
constituía por sí mismo, el tribunal supremo de apelación, como está
ejemplificado en la famosa contienda de las dos mujeres. En I Reyes
4:1-6, los nombramientos están establecidos por los siguientes cargos:
tres sacerdotes, dos escribas o secretarios, un canciller, un
supervisor de oficiales, un cortesano de la casta sacerdotal, un
supervisor de palacio, un oficial al cargo de los trabajos forzados y
un comandante del ejército. Esto no representa sino una ligera
expansión de los cargos instituidos por David.
Para la
cuestión tributaria, la nación fue dividida en doce distritos (I Reyes
4:7-19). El oficial a cargo de cada distrito tenía que suministrar
provisiones para el gobierno central, un mes de cada año. Durante los
otros once meses, tendría que recolectar y depositar las provisiones
en los almacenes situados en cada distrito al efecto. El suministro
de un día para el rey y su corte, cí ejército y demás personal,
consistía en unos 11.100 litros de harina, casi 22.200 de viandas, 10
bueyes gordos, 20 bueyes de pasto y 100 ovejas, además de otros
animales y aves (I Reyes 4:22-23). Aquello requería una extensa
organización dentro de cada distrito.
Salomón
mantuvo un gran ejército (I Reyes 4:24-28). Además de la organización
del ejército establecido según David, Salomón también utilizó una
fuerza de combate de 1.400 carros de batalla y 12.000 jinetes a
quienes instaló en Jerusalén y en otras ciudades por toda la nación (1 Crón. 1:14-17). Aquello añadía a la carga de los tributos, un
suministro regular de cebada y heno. Una organización eficiente y una
sabia administración eran esenciales para mantener un estado de
prosperidad y progreso.
Construcción del templo
Lo más
importante en el vasto y extenso programa de construcciones del rey
Salomón, fue el templo. Mientras que otros edificios apenas si son
mencionados, aproximadamente el 50% del relato bíblico del reinado de
Salomón, se dedica a la construcción y dedicación de este centro focal
en la religión de Israel. Ello marcó el cumplimiento del sincero deseo
de David expresado en los principios de su reinado en Jerusalén, el
establecer un lugar central para el culto divino.
Los arreglos
del tratado que David había hecho con Hiram, el rey de Tiro, fueron
continuados por Salomón. Como "rey de los sidonios", Hiram gobernó
sobre Tiro y Sidón, que constituían una unidad política procedente de
los siglos
XII
al
VII
a de C. Hiram era un rico y poderoso gobernante con
extensos contactos comerciales por todo el Mediterráneo. Ya que Israel tenía un potente ejército y los fenicios una gran flota,
resultaba de mutuo beneficio el mantener relaciones amistosas. Como
los fenicios se hallaban muy avanzados en construcciones
arquitectónicas y en el manejo de costosos materiales de construcción,
que controlaban con su comercio, fue particularmente un acto de
sabiduría política el atraerse el favor de Hiram. Arquitectos y
técnicos de Fenicia fueron enviados a Jerusalén. El jefe de todos
ellos era Hiram (Hiram-abi) cuyo padre procedía de Tiro y cuya madre
era una israelita de la tribu de Dan
(II
Crón.
2:14). Para ayudar a los hábiles trabajadores y abonar la madera del
Líbano, Salomón efectuó los pagos en grano, aceite y vino.
La labor para
la construcción del templo fue cuidadosamente organizada. Treinta mil
israelitas fueron reclutados para preparar los cedros del Líbano, con
destino al templo. Bajo Adoniram, que estaba a cargo de aquella leva,
sólo 10.000 hombres trabajaban cada mes, volviendo a sus hogares
durante dos meses. De los extranjeros residentes en Israel, se
utilizaron un total de 150.000 hombres como portadores de carga
(70.000) y cortadores de piedra (80.000), además de 3.600 capataces
(II
Crón. 2:17-18). En el segundo libro de Crónicas 8:10,
un grupo de 250 gobernadores son mencionados como siendo israelitas.
Sobre la base de I Reyes 5:16 y 9:23, hubo 3.300 encargados de los
cuales 550 eran oficiales jefes. Aparentemente 250 de estos últimos,
eran israelitas. Ambos relatos tienen un total de 3.850 hombres para
supervisar la ingente labor de 150.000 trabajadores.
No quedan
restos del templo salomónico conocidos por las modernas excavaciones.
Además, y abundando en el problema, ni un simple templo ha sido
descubierto en, Palestina que date de las cuatro centurias durante las
cuales la dinastía davídica gobernó en Jerusalén (1000-600 a. de C.).
La cima del monte Moríah, situada al norte de Jerusalén y ocupada por
David fue nivelada suficientemente para el templo de Salomón. Es
difícil captar el tamaño de semejante área en aquel tiempo, puesto
que el edificio fue destruido en el año 586 a. C, por el rey de
Babilonia. Tras haber sido reconstruido en el 520 a. C, el templo fue
de nuevo demolido en el año 70 de nuestra era. Desde el siglo
VII
de la era cristiana, la mezquita mahometana, la Cúpula
de la Roca, ha permanecido en ese lugar, que está considerado como el
sitio más sagrado de la historia del mundo. Hoy, la zona del templo
cubre unos 35 o 40 acres, indicando que la cima del monte Moríah es
considerablemente más grande ahora que en los días de Salomón.
El templo era
dos veces mayor que el tabernáculo de Moisés en su área básica de
emplazamiento. Como estructura permanente era mucho más elaborado y
espacioso con apropiadas adiciones y una corte de entorno mucho más
grande. El templo daba cara al este, con un porche o entrada de casi
cinco mts. de profundidad que se extendía a través de su parte
frontal. Una doble puerta de cinco mts. de anchura laminada de oro y
decorada con flores, palmeras y querubines daba acceso al santo lugar.
Esta habitación de nueve mts. de anchura y catorce de alto,
extendiéndose dieciocho mts. en longitud, tenía el suelo de madera de
ciprés y apandada en cedro por encima y alrededor. Chapeada de oro
fino con figuras labradas de querubines adornaban los moros. La
iluminación natural, estaba realizada mediante ventanas en cada lado
de la parte más alta. A lo largo de cada lado, en esta habitación
había cinco mesas de oro para los panes de la proposición y cinco
candeleros de siete brazos, todo ello hecho de oro puro. Al fondo
estaba el altar del incienso hecho de madera de cedro y chapeada de
oro. Más allá del altar, existían dos puertas plegables que daban
acceso al lugar santísimo, o el lugar más sagrado. Esta habitación
también tenía nueve mts., de anchura, pero sólo nueve mts. de
profundidad y otros nueve de altura. Incluso con aquellas puertas
abiertas un velo de azul, púrpura y carmesí de lino fino, obscurecía
la vista del objeto más sagrado. A cada lado se elevaba un enorme
querubín con las alas abiertas de 4,5 mts. de forma tal que las cuatro
alas se extendiesen por la totalidad de la habitación.
Tres
ringleras de cámaras se hallaban adheridas a las paredes del exterior
del templo, en los lados norte y sur, lo mismo que al final de la
parte oeste. Esas cámaras, indudablemente debieron ser para almacenar
objetos y para uso de los oficiales. A cada lado de la entrada del
templo, surgía una enorme columna, uno llamado Boaz y el otro Jaquín.
De acuerdo con I Reyes 7:15 ss., tenían casi ocho mts. de altura,
cinco metros y medio de circunferencia y estaban hechas de bronce y
adornadas con granadas. Por encima terminaban con un capital hecho de
bronce fundido de poco más de dos mts. de altura.
Extendiéndose
hacia la parte oriental, en frente del templo habían dos atrios
abiertos
(II
Crón. 4:9).
La primera área, el atrio de los sacerdotes, tenía 46 mts. de anchura
y 9 mts. de longitud. Allí se levantaba el atrio de los sacrificios de
cara al templo. Hecho de bronce con una base de 9 mts. cuadrados y 5
mts. de altura, aquel altar era aproximadamente cuatro veces más
grande que el utilizado por Moisés en sus tiempos. El mar de bronce
fundido, levantado al sudeste de la entrada, era igualmente
impresionante en aquel atrio. De forma de copa, tenía unos dos metros
de altura, cinco metros de diámetro con un, perímetro de catorce
metros. Estaba hecho de bronce fundido de 7,6 cms. da espesor y
descansaba sobre 12 bueyes, tres de los cuales mirando en cada
dirección. Una estimación razonable del peso de aquella gigantesca
fuente es de aproximadamente 25 toneladas. De acuerdo con I Reyes
7:46, este mar de bronce, los altos pilares y los costosos recipientes
y vasijas fueron hechos para el templo y fundidos en tierra arcillosa
del valle del Jordán.
Además de
esta enorme fuente, que proveía de agua para los sacerdotes y levitas
en su servicio del templo, había diez fuentes más pequeñas de bronce,
cinco a cada lado del templo (I Reyes 7:38;
II
Crón.
4:6). Estos eran de casi dos metros de alto y se apoyaban sobre
ruedas con objeto de poder transportar donde en el curso del
sacrificio, se necesitaban para el lavado de varias partes del animal
sacrificado.
También en el
atrio de los sacerdotes, se hallaba la plataforma de bronce
(II
Crón. 6:13), el lugar donde el rey Salomón permanecía
durante las ceremonias de dedicación.
Hacia el este,
unos escalones conducían hacia abajo, desde el atrio de los sacerdotes
al exterior o gran atrio
(II
Crón.
4:9). Por analogía con las medidas del tabernáculo de Moisés, esta
zona tenía 91 mts. de ancho y 182 de largo. Este gran atrio estaba
rodeado por una sólida muralla de piedra con cuatro puertas macizas,
chapadas en bronce, para regular la entrada al lugar del templo (I
Crón. 26:13-16). De acuerdo con Ezequiel 11:1, la puerta oriental
servía como la entrada principal. Grandes columnadas y cámaras en esta
parte proveían de espacio de almacenamiento para los sacerdotes y los
levitas, para que pudieran realizar sus respectivos deberes y
servicios.
La cuestión
de la influencia contemporánea en el templo y su construcción, ha
sido reconsiderada en recientes décadas. Los relatos bíblicos han sido
cuidadosamente examinados a la luz de los restos arqueológicos con
relación a templos y religiones en las civilizaciones contemporáneas,
en Egipto, Mesopotamia y Fenicia. Aunque Edersheim escribió (1880) que
el plan y designio del templo de Salomón era estrictamente judío, es
de general consenso de los arqueólogos de hoy de que el arte y la
arquitectura eran básicamente fenicios. Está claramente indicado en la
Escritura que David empleó arquitectos y técnicos de Hiram, rey de
Tiro. Mientras que Israel suministraba el trabajo, los fenicios
suplían el papel de los artesanos y supervisores de la construcción
real. Desde la excavación del sirio Tell Tainat (antigua Hattina) en
1936 por la Universidad de Chicago, se ha hecho aparente que el tipo
de arte y arquitectura del templo de Jerusalén era común en Fenicia en
el siglo
X
a. C. Por tanto, parece
razonable conceder el crédito a los artesanos fenicios y a sus
arquitectos por los planos finales del templo, ya que David y Salomón
los empleaban para este servicio particular.
Con la limitada información disponible, sería difícil marcar una
clara línea de distinción entre los planos presentados por los reyes
de Israel y la contribución hecha por los fenicios en la construcción
del templo.
Dedicación
del templo
Puesto que el
templo fue completado en el octavo mes del año duodécimo (I Reyes
6:37-38), es completamente verosímil que las ceremonias de la
dedicación fueran llevadas a cabo en el séptimo mes del año duodécimo
y no un mes antes de que fuese terminado. Esto habría permitido tiempo
para el elaborado planeamiento de este gran acontecimiento histórico
(I Reyes 8:1-9;
II
Crón.
5:2-7:22). Para esta ocasión, todo Israel estaba representado por los
ancianos y los jefes.
La fiesta de
los tabernáculos, que no solamente recordaba a los israelitas que una
vez fueron peregrinos en el desierto, sino que también era una ocasión
para dar gracias tras el tiempo de la cosecha, que comenzaba en el día
15.° del mes séptimo. Edersheim concluye que las ceremonias de la
dedicación tuvieron lugar durante la semana precedente a la fiesta de
los tabernáculos. La totalidad de la celebración duró dos semanas
(II
Crón. 7:4-10), y valía para todo Israel, que acudió por
medio de sus representantes desde Hamat hasta la frontera de Egipto.
Keil, en su comentario sobre I Reyes 8:63, sugiere que hubo 100.000
padres y 20.000 ancianos presentes. Esto explica el por qué millares
de animales fueron llevados hasta allí por esta ocasión que no tenía
precedentes.
Salomón era
la persona clave en las ceremonias de las dedicaciones. Su posición
como rey de Israel era única. Bajo el pacto, todos los israelitas eran
servidores de Dios (Lev. 25:42, 55; Jer. 30:10 y otros pasajes) y
considerados como reino de sacerdotes con, relación a Dios (Ex. 19:6).
Mediante los servicios dedicatorios, Salomón toma el lugar de un
siervo de Dios, representando a la nación elegida por Dios para ser su
pueblo. Esta relación con Dios era común al profeta, al sacerdote, al
laico, al igual que al rey, en verdadero reconocimiento de la dignidad
del hombre. En esta capacidad, Salomón ofreció la oración, dio el
mensaje dedicatorio, y ofició en las ofrendas de los sacrificios.
En la
historia religiosa de Israel, la dedicación del templo fue el
acontecimiento más significativo, desde que el pueblo abandonó el
Sinaí. La repentina transformación desde la esclavitud en Egipto, a
una nación independiente en el desierto, fue una demostración del
poder de Dios en nombre de su nación. En aquel tiempo, el tabernáculo
fue erigido para ayudarles en su reconocimiento y servicio de Dios.
Ahora el templo había sido erigido bajo el poder de Salomón. Esto
constituye la confirmación del establecimiento del trono davídico en
Israel. Como la presencia de Dios era visible, mediante la columna de
humo sobre el tabernáculo, así la gloria de Dios se cernía sobre el
templo y significaba la bendición de Dios. Esto confirmaba de forma
divina el establecimiento del reino que había sido anticipado por
medio de Moisés (Deut. 17:14-20).
Proyectos
de construcción extensiva
El palacio de
Salomón Oa casa del bosque del Líbano) no está sino brevemente
mencionado (I Reyes 7:1-12;
II
Crón.
8:1). Fue completado en trece años, habiendo un período de
construcción de veinte años para el templo y el palacio. Muy
verosímilmente estaba situado en la falda meridional del monte Moríah
entre el templo y Sión, la ciudad de David. Este palacio era complejo
y elaborado, conteniendo oficinas de gobierno, habitaciones para la
hija de Faraón, y la residencia privada del propio rey Salomón, y
cubría un área de 46 por 23 por 14 metros. Incluido en este gran
edificio y su programa de construcciones, estaba la extensión de las
murallas de Sión (Jerusalén) hacia el norte, de forma que se unieran
el palacio y el templo dentro de las murallas de la ciudad capital de
Israel.
El poderoso
ejército en armas de Salomón, también requería mucha actividad en las
construcciones por todo el reino. La construcción de ciudades de
almacenamiento para propósitos administrativos y de sistemas de
defensa, fueron íntimamente integrados. Una impresionante lista de
ciudades, que sugiere el extenso programa de construcciones de
Salomón, se da en I Reyes 9:15-22, y
II
Crón.
8:1-11. Gezer, que había sido una plaza fuerte cananea, fue capturada
por el faraón de Egipto y utilizada como fuerte por Salomón, tras
haberla recibido como dote. Excavaciones hechas en el lugar de 5,8
hectáreas de Meguido, indican que Salomón había adecuado allí acomodó
para alojar 450 caballos y 150 carros de batalla. Esta fortaleza
guardaba la importante Meguido o el valle de Esdraelón a través del
cual discurría la calzada más importante entre Egipto y Siria. Desde
un punto de vista militar y comercial, este camino era vital para
Israel. Igualmente fue excavado Hazor, primero por Garstang y más
recientemente bajo la supervisión de Israel. Otras ciudades
mencionadas en la Biblia son Bet-horón, Baalat, Tamar, Hamat-zobah y
Tadmor. Además de estas, otras ciudades funcionaron, como cuarteles o
capitales de distritos administrativos (I Reyes 4:7-19). Hallazgos
arqueológicos en Betsemes y Laquis indican que existían edificios con
grandes habitaciones en esas ciudades para ser utilizados como
almacenes. Es indudable que tuvieron que haberse escrito largas
descripciones respecto a los programas de construcciones llevadas a
cabo por el rey Salomón, pero los relatos bíblicos sólo sugieren su
existencia.
Comercio,
negocios y rentas públicas
Ezión-geber y
Elot se hallan brevemente anotadas en I Reyes 9:26-28 y
II
Crón.
8:17-18 como puertos marítimos en el golfo de Acaba. Tell-el-Kheleifeh
al extremo norte de este golfo es el único lugar conocido que muestra
la historia ocupacional de Elat, Ezión-geber. Tell-el-Kheleifeh, como
un centro marítimo industrial, fortificado, de almacenamiento y
caravanero para tales ciudades, pudo haber tenido igual importancia
con otros distritos fortificados y ciudades con guarniciones de
carros de batalla, tales como Hazor, Meguido y Gezer.
Las minas de
cobre y hierro eran numerosas por todo el Wadi-Arabah. David ya había
establecido fortificaciones por toda la tierra de Edom, cuando
instauró su reinado
(II
Sam.
8:14). Numerosos centros de fundición en el Wadi-Arabah pudieron haber
suministrado a Tell-el-Kheleifeh con hierro y cobre o para procesos de
refinamiento y la producción de moldes con propósitos comerciales. En
el valle del Jordán (I Reyes 7:45-46), y en Wadi-Arabah, Salomón tuvo
que haber realizado la comprobación de la verdad de las declaraciones
hechas en Deut. 8:9, de que la tierra prometida tenía recursos
naturales en cobre.
Al
desarrollar y controlar la industria de los metales en Palestina,
Salomón estuvo en una posición de comerciar. Los fenicios, bajo Hiram,
tenían contactos con refinerías de metal en distantes puntos del
Mediterráneo, tales como España, y así estaban en situación de
construir, no sólo refinerías para Salomón, sino también para aumentar
el comercio. Los barcos de Israel traficaron con el hierro y el cobre
tan lejos como el sudoeste de Arabia (el moderno Yemen) y la costa
africana de Etiopía. A cambio, ellos llevaron oro, plata, marfil, y
asnos a Israel. Aquella extensión naval con sus expediciones llevando
oro desde Ofir, duró "tres años"
(II
Crón.
9:21), o un año completo y parte de dos años más. Proporcionó a
Salomón tales riquezas, que fue clasificado como el más rico de todos
los reyes
(II
Crón.
9:20-22; I Reyes 10:11-22).
Los
israelitas obtuvieron caballos y carros de combate de los gobernantes
héteos en Cilicia y su vecino Egipto. Los corredores y agentes
representantes de los caballos y carros guerreros entre Asia Menor e
Israel, fueron los árameos (I Reyes 10:25-29;
II
Crón.
1:14-17). Aunque David lisiaba o dejaba inútiles todos los caballos
que capturaba con la excepción de un centenar
(II
Sam.
8:4) es obvio que Salomón acumuló una fuerza considerable. Aquello
resultaba importante para la protección, al igual que como control de
todo el comercio que cruzaba el territorio de Israel. Las rentas y
tributos de Salomón fueron incrementadas por las vastas caravanas de
camellos empleadas en el comercio de las especias procedente del sur
de Arabia y hacia Siria y Palestina, al igual que con Egipto.
El rey
Salomón ganó tal respeto internacional y reconocimiento, que sus
riquezas fueron grandemente incrementadas por los regalos que recibía
de lugares próximos y lejanos. En respuesta a su petición inicial,
había sido divinamente dotado con la sabiduría de tal forma que las
gentes de otras tierras iban a oír sus proverbios, sus cantos, y sus
discursos sobre varios aspectos (I Reyes 4:29-34). Si el relato de la
visita de la reina de Sabá no es sino una muestra de lo que ocurría
frecuentemente durante el reinado de Salomón, puede apreciarse del por
qué el oro no cesaba de llegar a la capital de Israel. El hecho de que
la reina atravesara diversos territorios y viajase 1.931 kms., en
camello pudo también haber estado motivado por intereses comerciales.
Las expediciones navales desde Ezión-geber pudo haber estimulado las
negociaciones para acuerdos favorables de intercambio comercial. Su
misión, tuvo éxito (I Reyes 10:13). Aunque Salomón, además de
garantizar las peticiones de la reina, le devolvió todo lo que le
había llevado, resulta dudoso de que hiciese lo mismo con todos los
reyes y gobernantes de Arabia, quienes le enviaban presentes
(II
Crón. 9:12-14). Aunque resulta difícil valorar el
importe de las riquezas que se describen, no hay duda de que Salomón
representó el epítome en riqueza y sabiduría de todos los reyes que
gobernaron en Jerusalén.
Apostasía
y sus consecuencias
El capítulo
final del reino de Salomón es trágico (I Reyes 11). El por qué el rey
de Israel, que alcanzó el cénit de los éxitos en sabiduría, riqueza,
fama y prestigio internacional bajo la bendición divina, terminase sus
40 años de reinado bajo augurios de fracaso, es de lo más sorprendente.
A tenor de esta consideración, algunos han considerado el relato como
no fiable y contradictorio y han buscado otras explicaciones. La
verdad de la cuestión es que Salomón, que jugó el papel más destacado
en la dedicación del templo, se apartase de la devoción que con todo
corazón había dedicado a Dios; una experiencia paralela a la de Israel
en el desierto tras la construcción del tabernáculo. Salomón rompió el
mismísimo primer mandamiento por su política de permitir la adoración
de los ídolos y su culto en la propia Jerusalén.
La mezcla de
alianzas matrimoniales entre las familias reales, era una práctica
común en el Cercano Oriente. A principios de su reinado, Salomón hizo
una alianza con Faraón, aceptando a una hija de este último en
matrimonio. Aunque se la llevó a Jerusalén, no existe indicación de
que se le permitiese a ella el llevar consigo la idolatría (I Reyes
3:1). En la cúspide de sus triunfos, Salomón tomó esposas de los
moabitas, amonitas, edomitas, sidonios e héteos. Además de todo ello,
se hizo con un harén de 700 esposas y 300 concubinas. Tanto si esto
fue motivado por causas diplomáticas y políticas para asegurar la paz
y la seguridad, o por un intento de superar a los demás soberanos de
otras naciones, es algo que no está indicado. Sin embargo, era
contrario a lo expresado en los mandamientos de Dios (Deut. 17:17).
Salomón permitió la multiplicidad de esposas y que fuese su ruina, al
apartar su corazón de Dios.
Salomón no
solamente toleró la idolatría, sino que él mismo prestó
reconocimiento a Astoret, la diosa de la fertilidad de los fenicios,
conocida como Astarté entre los griegos y Ishtar para los babilonios.
Para el culto de Milcom o Moloc, el dios de los amonitas y para Quemos,
el dios de los moabitas, Salomón erigió un lugar sobresaliente en una
montaña al este de Jerusalén, que no fueron suprimidos como tales
lugares de culto durante tres siglos y medio, sino que permanecieron
como una abominación en las proximidades del templo, hasta los días de
Josías
(II
Reyes 23:13).
Además, construyó altares para otros dioses extraños no mencionados
por su nombre (I Reyes 11:8).
La idolatría,
que era una violación de las palabras de apertura del Decálogo (Ex.
20), no podía ser tolerada. La repulsa de Dios (I Reyes 11:9-13) fue
probablemente entregada a Salomón mediante el profeta Ahías, que
aparece más tarde en el capítulo. A causa de su desobediencia, el
reinado de Israel tenía que ser dividido. La dinastía de David
continuaría gobernando parte del reino en gracia a David, con quien
Dios había hecho una alianza, y porque Jerusalén había sido escogida
por Dios. Dios no rompería su promesa, incluso aunque Salomón hubiese
perdido sus derechos y sus bendiciones. También, por amor a David, el
reino no sería dividido mientras viviese Salomón, aunque surgirían
adversarios y enemigos que amenazasen la paz y la seguridad, antes de
la terminación del reinado.
Hadad, el
edomita, fue un caudillo que se opuso a Salomón. En la conquista de
Edom por Joab, Hadad, que era un miembro de la familia real, había
sido rescatado por servidores y llevado a Egipto cuando era un niño.
Allí se casó con una hermana de la reina de Egipto y gozó del favor y
los privilegios de la corte real. Después de la muerte de Joab y
David, volvió a Edom y con el tiempo se hizo lo suficientemente fuerte
como para ser una amenaza para Salomón en sus últimos años (I Reyes
11:14-23). La posición de Salomón como ''rey del cobre" quedó en
precario, al igual que el lucrativo negocio de Arabia y el comercio
sobre el Mar Rojo.
Rezón de
Damasco significó tal vez una amenaza mayor (I Reyes 11: 23-25). La
formación de un reino independiente arameo o sirio, constituyó una
seria amenaza política que implicaba consecuencias comerciales.
Aunque David había conquistado Hamat, cuando el poder de Hadad-ezer
fue roto, Salomón lo encontró necesario para suprimir una rebelión
allí y construir ciudades de almacenamiento
(II
Crón.
8:3-4). Incluso controló Tifsa sobre el Eufrates (I Reyes 4:24) que
era extremadamente importante para el dominio de las rutas del
comercio. En el curso del reinado de Salomón, Rezón estuvo en
condiciones de establecerse por sí mismo en Damasco, donde llegó a ser
el mayor de los constantes peligros para la paz y la prosperidad de
Israel en los últimos años del reinado de Salomón.
Conforme
cambiaban las cosas, uno de los hombres del propio Salomón, Jeroboam,
hijo de Nabat, demostró ser el factor real devastador en Israel.
Siendo un hombre verdaderamente capaz, había sido colocado al mando de
los trabajos forzados que reparaba las murallas de Jerusalén y
construyó Milo. Utilizó aquella oportunidad para su propia ventaja
política y ganarse seguidores. Un día Ahías, el profeta, le encontró y
rompió la capa nueva en doce pedazos, dándole diez de ellos. Mediante
aquel acto simbólico, informó a Jeroboam que el reino de Salomón sería
dividido, no dejando sino dos tribus a la dinastía davídica, mientras
que las otras diez constituiría el nuevo reino. Bajo la condición de
su obediencia de todo corazón, Jeroboam recibió la seguridad de que su
reino quedaría permanentemente establecido como el de David.
Aparentemente,
Jeroboam no quiso esperar los acontecimientos, lo que implicaba
abiertamente su oposición al rey. Por todos conceptos, Salomón
sospechó una insurrección y buscó a Jeroboam para matarle. En
consecuencia, Jeroboam huyó a Egipto donde encontró asilo con Sisac
hasta la muerte de Salomón.
Incluso
aunque el reino se sostuvo y no fue dividido hasta después de su
muerte, Salomón estuvo sujeto a la angustia de una rebelión interna y
de la secesión de varias partes de su reino. Como resultado de su
fallo personal en obedecer y servir a Dios de todo corazón, el
bienestar general y la prosperidad pacífica del reino quedaron
seriamente amenazadas y en constante peligro.
Habla el Antiguo Testamento
por
Samuel J. Shultz