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4. Hechos 6, 7

Hechos Apostólicos es un estudio de la Edad Apostólica de la iglesia cristiana temprana. Es la continuación milagrosa de la obra de Jesús en el primer siglo, a través de la obra del Espíritu Santo y su iglesia. Presenta el ministerio de Pedro, de los doce apóstoles y de Pablo de Tarso, en su cumplimiento de la Gran Comisión desde el Día de Pentecostés hasta llevar el evangelio a Roma, el capital del mundo.

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7.

Capítulo 06

El capítulo 4 de los Hechos relata el primer ataque que recibió la Iglesia desde el exterior. El capítulo 5 describe un ataque procedente del interior. En ambos casos, la Iglesia siguió creciendo. Ahora vemos en el capítulo 6, que el número de los discípulos (aprendices, los creyentes que deseaban aprender más sobre Jesús y el Evangelio) seguía creciendo aún.

Los Siete Escogidos (6:1-7)

En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria. Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.
 Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócero, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquia; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos. Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.

¿Qué sucede cuando crece una comunidad de personas? Todos los recién llegados que se aglomeran, causan problemas. En este caso, la Iglesia creciente tenía representación de todos los estratos sociales de aquel momento en Jerusalén y en Judea. Algunos de ellos habían nacido allí y hablaban hebreo en sus hogares; conocían el griego como segundo idioma, puesto que el griego había sido el idioma del tráfico mercantil, el comercio y el gobierno desde los días de Alejandro Magno. En cambio, los judíos nacidos fuera de Palestina no sabían hebreo bien, y normalmente hablaban en griego. Puesto que representaban a muchos países, el griego era la única lengua que todos ellos comprendían.

En los capítulos anteriores vimos que los creyentes contribuían a un fondo común para beneficio de los necesitados. A medida que el tiempo fue pasando, la mayoría encontraron trabajos, por lo que ya no necesitaron esta ayuda. Sin embargo, las viudas no podían salir a buscar trabajo. No era nada extraño en aquellos días, especialmente entre los gentiles, que las viudas murieran de hambre. Así es como, en el momento en que comienza este capítulo, las viudas eran las únicas que seguían necesitando la ayuda de este fondo. Es evidente que aquellos creyentes que podían, todavía les traían dinero a los apóstoles para dicho fondo; los apóstoles eran los responsables de que las necesidades de las viudas fueran satisfechas.

Es probable que fuera aumentando la tensión durante algún tiempo entre los creyentes que hablaban griego y los que hablaban hebreo, antes de aflorar a la superficie. El idioma siempre es una seria barrera entre las personas. Es fácil que un grupo minoritario se sienta abandonado, especialmente si no entiende el idioma. De hecho, el que no pudieran comprender es posible que haya causado que las viudas que hablaban griego se retrajeran, de tal manera que fueran pasadas por alto con facilidad.

Finalmente, la murmuración (descontento a media voz) se levantó entre los creyentes de habla griega contra los de habla hebrea, porque sus viudas eran desatendidas (pasadas por alto) en la distribución diaria.

Entonces, los Doce (los apóstoles, entre ellos Matías) llamaron a la multitud (todo el conjunto) de los discípulos y les dijeron que no era justo (agradable, satisfactorio, aceptable) que ellos dejaran (abandonaran) la Palabra de Dios (su enseñanza y predicación) para servir a las mesas (mesas de dinero).

Les dijeron a los creyentes que buscaran de entre ellos siete hombres llenos del Espíritu Santo y de sabiduría práctica. A éstos, los apóstoles los encargarían de (pondrían al frente de) este trabajo. En otras palabras, los apóstoles especificaron las cualidades necesarias, y los demás miraron en la congregación para ver quiénes tenían estas cualidades en alto grado. Entonces escogieron a los siete a través de alguna forma de elección. "Encargar" significa simplemente "poner al frente de un cargo". Estos nombramientos no fueron arbitrarios. Fue la congregación la que escogió, y no los apóstoles.

Aquí no se les llama "diáconos" a los siete, aunque el verbo es una forma de diakonéo, del cual se deriva la palabra. Lo mas probable es que esta elección sirviera de precedente para lo que en la Iglesia posterior encontraremos como un oficio. (Vea 1 Timoteo 3:8-12; Romanos 16:1, donde Febe es llamada diácono, y no diaconisa.)

Algunos ven un significado especial en el número siete. Podría simbolizar un número "completo". Parece más probable que la única razón para tener siete era porque hacían falta siete para mantener la contabilidad y darles el dinero a las viudas. (La palabra griega usada para mesas en este pasaje, significa mesas de dinero.)

La selección de aquellos siete hombres les permitió a los apóstoles dedicarse a la oración y el ministerio (la ministración) de la Palabra. Es decir: los apóstoles servían la Palabra, ponían la mesa de la Palabra, mientras que los siete servían el dinero.

No hubo disensiones ante esta propuesta (palabra, logas), porque agradó a la multitud (de los creyentes). A continuación seleccionaron a Esteban (en griego, "corona o diadema de vencedor"), un hombre lleno de fe y del Espíritu Santo; Felipe (en griego, "aficionado a los caballos"); Prócero; Nicanor; Timón; Parmenas y Nicolás, prosélito (gentil convertido al judaísmo) de Antioquía (de Siria).

Todos ellos tienen nombres griegos, y sin duda alguna, procedían del grupo de creyentes de habla griega. Con toda certeza, esto muestra la gracia de Dios y la obra del Espíritu Santo en los corazones de los creyentes de habla hebrea. Ellos eran mayoría, pero escogieron todos los "diáconos" del grupo de la minoría. Estos siete estarían a cargo de la administración de los fondos para los necesitados de ambos grupos. Así, no había posibilidad de que los creyentes de habla griega tuvieran más quejas.

Esto fue sabio. También muestra cómo el Espíritu Santo derribó la primera barrera que se alzó en la Iglesia. La muchedumbre puso a los siete ante los apóstoles, quienes les impusieron las manos. Esta imposición de manos fue probablemente algo similar al reconocimiento público de Josué en Números 27:18, 19. No le transmitía nada espiritual, puesto que ya era un hombre "en el cual se halla el Espíritu". Pero inauguraba un nuevo nivel de servicio. Esteban y los demás estaban llenos del Espíritu todos antes de esto. La imposición de manos también simbolizaba que pedían la bendición de Dios sobre ellos. Probablemente también orarían para que el Espíritu les concediera todos los dones y las gracias que fueran necesarios para llevar adelante este ministerio.

Lucas termina este incidente con otra declaración sumaria, en la que dice que la Palabra del Señor crecía (seguía creciendo). Es decir, la proclamación de la Palabra crecía, lo cual indica que no sólo eran los apóstoles los que estaban comprometidos en su esparcimiento. El número de los discípulos seguía multiplicándose (aumentando) en Jerusalén, y un gran número de sacerdotes obedecían a la fe también. Era un gran logro el que ellos hubieran aceptado el Evangelio y la obediencia a las enseñanzas de los apóstoles, puesto que la mayoría de los sacerdotes eran saduceos que no creían en la resurrección. Es probable que estos sacerdotes continuaran ejerciendo su oficio sacerdotal, puesto que los cristianos judíos eran fieles todos al culto del Templo.

Esteban Es Acusado (6:8-15)

Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban. Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. " Entonces sobornaron a unos para que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Y soliviantaron al pueblo, a los ancianos y los escribas; y arremetiendo, le arrebataron, y le trajeron al concilio. Y pusieron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la ley; pues le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio Moisés. Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.

El hecho de que los siete (diáconos) fueran escogidos para realizar un servicio más bien rutinario, no limitó su ministerio. Esteban, lleno de gracia y de gran poder, comenzó a hacer (y siguió haciendo) grandes prodigios y señales entre el pueblo. El pueblo no era un simple grupo de espectadores, sino que experimentaba los milagros como dones de Dios que satisfacían sus necesidades.

Esta es la primera vez que leemos algo sobre milagros que son hechos por alguien que no es apóstol. Sin embargo, lo importante es que el Espíritu Santo obraba a través de Esteban. El poder sobrenatural del Espíritu era el que hacía la obra.

Pronto surgió la oposición. Esta vez vino de judíos de habla griega, quienes, como Esteban, habían regresado para vivir en Jerusalén. Tenían su propia sinagoga (o sinagogas)," en la cual había judíos que eran libertos (hombres liberados, probablemente tomados como esclavos y llevados a Roma, puestos en libertad posteriormente por sus amos romanos). Algunos eran cireneos (de Cirene, al oeste de Egipto en la costa del Mediterráneo) y alejandrinos (de Alejandría, en Egipto). Otros eran de Cilicia (la provincia de donde era oriundo Pablo, en el sureste del Asia Menor) y de la provincia de Asia (en el oeste del Asia Menor).

La mayoría de estos judíos de la dispersión tenían que enfrentarse con muchos peligros en sus enseñanzas, puesto que vivían rodeados por gentiles. Por esto, se defendían con más rapidez de todo lo que fuera diferente a lo que sus rabinos les habían enseñado. Pero, aunque trataron de disputar (o debatir) con Esteban, no tenían ni la fuerza ni el poder necesarios para enfrentarse a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. En otras palabras, Esteban no dependía de su propia sabiduría, sino de la unción y de los dones del Espíritu Santo. ¡No es de extrañar que todos sus argumentos cayeran por tierra!

A pesar de esto, todavía se siguieron negando a creer, y estaban decididos a detener a Esteban. Por tanto, sobornaron a unos hombres (los convencieron de alguna forma incorrecta) para que dijeran que lo habían oído hablar palabras blasfemas (abusivas, injuriosas) contra Moisés y contra Dios. Es probable que lo que hicieran fuera torcer y malinterpretar las enseñanzas de Jesús que Esteban repetía. Jesús había sido acusado de blasfemia también.

Después, soliviantaron al pueblo y también a los ancianos y a los escribas (expertos en la Ley). Con todo este apoyo, arremetieron contra Esteban (de forma súbita e inesperada), lo arrebataron (lo atraparon violentamente y lo mantuvieron firmemente asido), y lo trajeron al concilio (el Sanedrín, o el lugar donde se estaban reuniendo).

Entonces presentaron testigos falsos, que presentaban las palabras de Esteban de una forma falsa y engañosa, con la peor interpretación posible. Estos tomaron la palabra para decir que aquel hombre no había cesado de hablar palabras blasfemas contra aquel lugar santo (el Templo) y contra la Ley (de Moisés). También aseguraban haber oído a Esteban decir que Jesús el Nazareno destruiría aquel lugar y cambiaría las costumbres (los ritos e instituciones) que Moisés les había dado. Esto, por supuesto, es una referencia a Mateo 26:61, Marcos 14:58 y Juan 2:19-21, donde Jesús había hablado en realidad del templo de su cuerpo y de su muerte y resurrección. (Vea también Mateo 12:42, donde Jesús afirma: "He aquí más que Salomón en este lugar.")

En aquel momento, todos los que se hallaban sentados en el Sanedrín, fijaron sus ojos en él, y vieron su rostro como si fuera el de un ángel. Es probable que esto signifique que tenía un resplandor o brillo que era más que humano y procedía del cielo. Posiblemente era similar al de Moisés cuando descendió de la presencia de Dios en la montaña, o quizá como Jesús cuando se transfiguró y su gloria interior se puso de manifiesto.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

8.

Comentario a Hechos de los Apóstoles
Capítulo 07
Defensa del Evangelio por Esteban, su martirio y muerte

El sumo sacerdote (probablemente Caifás) le dio a Esteban la oportunidad de responder a los cargos al preguntarle si aquellas cosas eran así.

El rechazo de José (7:1-16)

"El sumo sacerdote dijo entonces: ¿Es esto así? Y él dijo- Varones hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán, y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré. Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán; y de allí, muerto su padre. Dios le trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora. Y no le dio herencia en ella, ni aun para asentar un pie; pero le prometió que se la daría en posesión, y a su descendencia después de él, cuando él aún no tenía hijo. Y le dijo Dios así: Que su descendencia sería extranjera en tierra ajena, y que los reducirían a servidumbre y los maltratarían, por cuatrocientos años. Mas yo juzgaré, dijo Dios, a la nación de la cual serán siervos; y después de esto saldrán y me servirán en este lugar. Y le dio el pacto de la circuncisión; y así Abraham engendró a Isaac, y le circuncidó al octavo día; Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante de Faraón rey de Egipto, el cual lo puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa. Vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos. Cuando oyó Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez. Y en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y fue manifestado a Faraón el linaje de José. Y enviado José, hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas. Así descendió Jacob a Egipto, donde murió él, y también nuestros padres; los cuales fueron trasladados a Siquem, y puestos en el sepulcro que a precio de dinero compró Abraham de los hijos de Hamor en Siquem".

Después de dirigirse cortésmente al Sanedrín, Esteban comenzó a hacer un repaso de la historia de Israel (una historia que todos ellos conocían bien). Su propósito era defender el Evangelio contra las falsas acusaciones y mostrar el paralelo que había entre la forma en que los judíos del Antiguo Testamento trataban a sus profetas y la forma en que los dirigentes de los judíos habían tratado a Jesús.

Les recuerda cómo el Dios de la gloria (el Dios que se había revelado en gloria) apareció a Abraham estando éste en Mesopotamia (en Ur de los caldeos) antes que él viviera en Harán (Jarran estaría más cerca de la pronunciación hebrea). El Génesis no menciona esta aparición a Abraham en Ur, pero Nehemías 9:7 confirma que tuvo lugar.

Dios le ordenó salir de su tierra y de su parentela (sus familiares y paisanos) para ir a la tierra (cualquier tierra) que Él le mostrara. Después de detenerse en Harán hasta que murió su padre, se trasladó a la tierra que después sería de Israel. Pero Dios no le dio herencia en ella, ni siquiera el espacio que cubre un pie. Sin embargo, le prometió dársela a él y a sus descendientes en posesión (permanente), aunque todavía no tenía hijo. Abraham aceptó la promesa y puso su vida en la mano de Dios.

Dios también habló de que los descendientes de Abraham vivirían temporalmente como extranjeros en una tierra que les pertenecería a otros, que los harían esclavos y los tratarían mal durante cuatrocientos años. Pero también prometió juzgar a la nación que los haría esclavos. Después de aquello, podrían salir y lo servirían (adorarían) en aquel lugar (la tierra prometida).

Otra cosa que Dios le dio a Abraham fue el pacto de la circuncisión; Isaac fue circuncidado al octavo día después de su nacimiento. Después vinieron Jacob y los doce patriarcas (cabezas de tribu o gobernantes tribales).Estos, movidos por la envidia, vendieron a José para Egipto. Pero Dios estaba con él. Lo libró de todas sus tribulaciones (circunstancias aflictivas) y le dio gracia y sabiduría delante del Faraón, el cual lo hizo gobernador (dirigente, primer hombre) sobre Egipto y sobre toda su casa (incluso sus asuntos de negocios). (Aquí Esteban estaba haciendo un fuerte contraste entre la forma en que los hermanos de José lo habían tratado, y la forma en que Dios lo había ayudado.)

Cuando vino el hambre y gran tribulación (angustia), los patriarcas (identificados ahora como "nuestros padres"), no hallaban alimentos. Jacob, oyendo que había trigo (o pan) en Egipto, los envió allí. La segunda vez que llegaron, José se dio a conocer y le reveló su raza al Faraón. Después envió a buscar a Jacob y a todos sus parientes, 75 personas. Jacob descendió y murió allí, y también los padres (los hijos de Jacob), los cuales fueron trasladados a Siquem y colocados en la tumba comprada a precio de dinero de los hijos de Hamor (Emor), el padre de Siquem (Génesis 33:19).

En todo este relato hay un sutil énfasis en la forma en que José fue vendido por sus hermanos celosos, y sin embargo fue usado por Dios para salvarles la vida. También hace énfasis en la fe de Abraham, quien creyó la promesa de Dios, aun cuando no veía evidencia alguna de que fuera cumplida.

Estos miembros del Sanedrín se negaban a creer a Dios, aun cuando Él había proporcionado evidencias de que había cumplido su promesa a través de la resurrección de Jesús. La forma en que sus hermanos trataron a José y el contraste con la forma en que Dios lo trató, también es un paralelo con la forma en que los dirigentes judíos habían tratado a Jesús.

El rechazo de Moisés (7:17-37)

"Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa, que Dios había jurado a Abraham, el pueblo credo y se multiplicó en Egipto, hasta que se levantó en Egipto otro rey que no conocía a José- Este rey, usando de astucia con nuestro pueblo, maltrató a nuestros padres, a fin de que expusiesen a la muerte a sus niños, para que no se propagasen. En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. Pero siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió y le crió como a hijo suyo. Y fue enseñado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras.
Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así. Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los ponía en paz, diciendo: Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? Entonces el que maltrataba a su prójimo le rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? Al oír esta palabra. Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos.
Pasados cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza. Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y acercándose para observar, vino a él la voz del Señor: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a mirar. Y le dijo el Señor; Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su gemido, y he descendido para librarlos. Ahora, pues, ven, te enviaré a Egipto.
A este Moisés, a quien habían rechazado, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez?, a éste lo envió Dios como gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza. Este los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en tierra de Egipto, y en el Mar Rojo. y en el desierto por cuarenta años. Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis".

A continuación Esteban relata la forma en que los israelitas crecieron y se multiplicaron en Egipto cuando se aproximaba el tiempo del cumplimiento de la promesa que Dios le había hecho a Abraham (la promesa de que sus descendientes poseerían la tierra de Canaán).

Este crecimiento continuó hasta que se levantó un rey (que pertenecía a una nueva dinastía) que no conocía a José. Este maltrató a Israel con astucia y malos tratos. Hasta llegó a exigir que se expusiera a los niños para que no pudieran vivir. ("Exponer" es aquí un término usado para expresar la idea de poner al recién nacido en algún lugar donde los elementos o los animales salvajes le dieran muerte.)

En aquel mismo tiempo nació Moisés, que fue muy agradable a Dios (amado por Él). Esto puede significar que fue hecho agradable por Dios, o considerado así por Él. Pero sabemos que Dios estaba con Moisés desde su nacimiento. El cuidado de Dios se manifestó cuando Moisés fue expuesto después de tres meses en la casa de su padre. La hija del Faraón lo recogió y lo crió como a hijo suyo. Así fue como Moisés fue enseñado (entrenado, instruido) en toda la sabiduría de Egipto, y era poderoso en sus palabras y obras. Esto es significativo, porque ya los egipcios habían hecho grandes adelantos en ciencia, ingeniería, matemáticas, astronomía y medicina.

A los cuarenta años Moisés quiso visitar (cuidar, aliviar, proteger) a sus hermanos israelitas. Viendo a uno de ellos que era maltratado injustamente, lo defendió, vengó (hizo justicia) al oprimido, e hirió al egipcio.

Este era el punto importante para Esteban en esta parte del relato. Moisés hizo esto porque suponía que sus hermanos israelitas comprenderían que Dios, por su mano, les daría libertad, pero no fue así. Esteban veía un claro paralelo aquí con la forma en que los dirigentes judíos no eran capaces de comprender lo que Dios había hecho por medio de Jesús para proporcionarles la salvación. Cuando rechazaban a Jesús en realidad no era nada en contra de Él tampoco, puesto que sus padres durante un tiempo rechazaron a Moisés.

Continuando con la historia, Esteban les recordó cómo Moisés había querido reconciliar a unos israelitas que reñían, y ponerlos en paz, diciendo; "Varones, hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro?" Pero el que estaba maltratando a su prójimo lo rechazó, diciendo: "¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio?"

Ante esto. Moisés huyó, y vivió como extranjero en Madián, donde nacieron sus dos hijos varones. Cuando habían pasado cuarenta años, un ángel del Señor se le apareció en el desierto del monte Sinaí en la llama de fuego de una zarza. Moisés estaba asombrado ante lo que veía. Cuando se acercó (por curiosidad) para observar, Dios le habló, declarándole que era el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Entonces Moisés tembló y no se atrevía a mirar (observar). El Señor le dijo que se quitara el calzado de los pies, porque el lugar en que estaba era tierra santa (aunque estuviera lejos de la tierra prometida). Dios había visto ciertamente la aflicción de su pueblo en Egipto y había oído su gemido. Había descendido ahora para librarlo: enviaría a Moisés a Egipto.

En este momento, Esteban hace resaltar su argumento principal en esta parte del relato. Este Moisés, a quien habían rechazado (negado, desechado), fue el que Dios envió por mano (con poder) del Ángel que se le había aparecido en la zarza, para que fuera gobernante y libertador (rescatador, término usado originalmente para hablar de quienes pagaban un rescate para redimir o liberar esclavos o prisioneros).

Después de manifestar prodigios y señales en Egipto y en el desierto, los sacó. Entonces, como punto culminante de esta sección, Esteban les recuerda que este era el mismo Moisés (el Moisés que ellos habían rechazado y Dios había usado para salvarlos y sacarlos de Egipto) que les había dicho a los israelitas que Dios levantaría un profeta para ellos que seria como él. A éste deberían oír (escuchar y obedecer).

Los dirigentes judíos sabían cómo los apóstoles aplicaban este pasaje sobre el profeta semejante a Moisés: todos los judíos creyentes se lo aplicaban a Jesús. Esteban les estaba diciendo que al no escuchar a Jesús, estaban desobedeciendo a Dios, y tratando a Moisés con desprecio.

El rechazo de Dios (7:38-43)

Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres, y que recibió palabras de vida que darnos; al cual nuestros padres no quisieron obedecer, sino que le desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto, cuando dijeron a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. Entonces hicieron un becerro, y ofrecieron sacrificio al ídolo, y en las obras de sus manos se regocijaron.
Y Dios se apartó, y los entregó a que rindiesen culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel? Antes bien llevasteis el tabernáculo de Moloc, y la estrella de vuestro dios Renfán, figuras que os hicisteis para adorarlas. Os transportaré, pues, más allá de Babilonia.

Esteban pasa esta vez a un rechazo mucho peor, el de Dios. Habla nuevamente de Moisés. El estaba en la congregación (asamblea, en griego ekklesía) en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con todos los padres. Recibió (de buen grado) palabras de vida (manifestaciones divinas) que darle a Israel. Pero los padres, negándose a obedecerlo, lo rechazaron y en sus corazones se volvieron a Egipto. Así lo demostraron al pedirle a Aarón que les hiciera dioses que fueran delante de ellos. Despreciaron a Moisés al decir en forma derogatoria que a este Moisés que los había sacado de Egipto, no sabían qué le había acontecido (Éxodo 32:1). Entonces hicieron (la imagen de) un becerro y sacrificaron al ídolo (imagen) y se regocijaron (hicieron fiesta, armaron algazara) en las obras de sus manos.

Puesto que se trataba de un rechazo no sólo de Moisés, sino también de Dios, Él se apartó y los entregó a que rindiesen culto (sirviesen) al ejército del cielo. Recibieron las consecuencias que se habían merecido con su acción. Esteban veía esto confirmado en Amos 5:25-27. Esta cita muestra que los israelitas en el desierto, en realidad no le ofrecieron sus sacrificios al Señor durante los cuarenta años restantes. Por supuesto que guardaron todas las formas, pero la idolatría que comenzó entonces, siguió tentando a Israel (y así fue hasta que fueron exiliados a Babilonia). Así, hasta en el desierto, después de ver la gloria de Dios, llevaron el tabernáculo (la tienda) de Moloc (un dios lujurioso como Venus, adorado por los amonitas y algunos pueblos semitas más). ¡Qué contraste con el tabernáculo del testimonio mencionado en el versículo 44! También adoraron la estrella del dios Renfán (probablemente el nombre asirio del planeta Saturno, llamado Quilín en Amos 5:26). Ambos eran figuras (imágenes) que se habían hecho ellos mismos para adorarlas. (Probablemente estas imágenes fueran pequeños ídolos llevados en secreto por estos israelitas.) Como consecuencia. Dios le dijo a Israel que lo transportaría más allá de Babilonia.

En esto vemos también que Esteban está diciendo que habían sido sus padres los que habían rechazado a Moisés y a la Ley, con lo cual se estaban rebelando contra el Dios que había dado la Ley. Aunque Esteban no lo dice, ellos sabían que Jesús no era así. Eran los padres de Israel, y no Jesús, los que habían querido cambiar las leyes, las costumbres y las enseñanzas que Moisés les había dado.

El Templo no es suficiente (7:44-50)

Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios cuando dijo a Moisés que lo hiciese conforme al modelo que había visto. El cual, recibido a su vez por nuestros padres, lo introdujeron con Josué al tomar posesión de la tierra de los gentiles, a los cuales Dios arrojó de la presencia de nuestros padres, hasta los días de David. Este halló gracia delante de Dios, y pidió proveer tabernáculo para el Dios de Jacob. Mas Salomón le edificó casa; si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?

Esteban pasa ahora a responder su acusación sobre lo que él había dicho del Templo. No trata de explicar lo que Jesús quería decir realmente al hablar de "destruir este templo". En cambio, les recuerda que los Padres tenían el tabernáculo (tienda) del testimonio, llamado así porque contenía el arca del pacto con las dos tablas (tablillas) de piedra que eran testimonio (o testigos) del pacto entre Dios y su pueblo. Dios había ordenado construir esta tienda, diciéndole a Moisés que la hiciera conforme al modelo que había visto (Éxodo 25:9, 40; 26:30; 27:8).

La siguiente generación de los padres recibió el tabernáculo y lo introdujo con Josué (Jesús es la forma griega de Josué, como aparece en el original en Hebreos 4:8) en la tierra que antes había sido posesión de las naciones a las que Dios expulsó delante de los padres hasta los días de David. Es decir, el tabernáculo duró hasta los días de David.

David encontró favor delante de Dios, y deseaba personalmente proveer tabernáculo (lugar permanente de habitación) para el Dios de Jacob. Pero fue Salomón quien le construyó una casa. En este momento, Esteban declaró que el Altísimo no habita (permanentemente) en lo que es hecho de mano.

Para probar esto, citó a Isaías 66:1 y parte del versículo 2. En este lugar de las Escrituras, Dios le dice a Isaías que el cielo es su trono y la tierra el estrado de sus pies. ¿Qué casa podrían edificarle, o cuál seria el lugar de su reposo? O, ¿en qué lugar podría Dios establecerse para convertirlo en su morada permanente? ¿No era El quien había hecho todas aquellas cosas?

Esteban no estaba negando que Dios hubiera manifestado su presencia en el Templo. Pero, al igual que los profetas, veía que el Dios que había creado los cielos y la tierra no puede quedar limitado a ningún edificio ni templo de la tierra. De hecho. Salomón estaba de acuerdo con esto. (Vea 1 Reyes 8:27; 2 Crónicas 6:1, 2,18. Vea también Isaías 57:15.)

El rechazo al Espíritu Santo (7:51-60)

"¡Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros, ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores; vosotros que recibisteis la ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.
Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo; He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.
Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto, durmió".

Es evidente que Esteban notó que no aceptaban su mensaje. Posiblemente entre sus oyentes se produjeran murmullos de ira. Por esto los reprendió. Eran duros de cerviz (testarudos) e incircuncisos de corazón y oídos. (Vea Levítico 26:41; Deuteronomio 10:16; 30:6; Jeremías 6:10; 9:26; Ezequiel 44:7.) Es decir, su actitud y su negación a escuchar el Evangelio los ponía al mismo nivel de los gentiles que estaban fuera del pacto con Dios y lo rechazaban. Estaban oyendo, pensando y tramando en la forma en que lo hacían los gentiles sin fe.

En realidad, aquellos dirigentes judíos estaban resistiéndose activamente al Espíritu Santo, tal como lo habían hecho sus padres. (Vea Mateo 5:11, 12; 23:30, 31.) Mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo. Ahora había sido El a quien habían traicionado y matado. Ciertamente, su culpa era mayor que la de quienes habían matado a los profetas. Estos dirigentes judíos que habían rechazado a Jesús, habían recibido la Ley, que había sido dada por disposición (reglamento, estatuto) de ángeles. Pero no la guardaron (no la observaron). O sea, que eran los dirigentes judíos, y no Jesús ni los cristianos, quienes habían desechado la Ley al matar a Jesús.

Esta reprensión los hizo enfurecerse en sus corazones (cortó hasta llegar a sus corazones), y aquellos miembros tan dignos del Sanedrín crujieron los dientes contra Esteban. Con esta expresión de ira y exasperación sólo probaban que era cierto que estaban resistiendo al Espíritu Santo. Al contrario de lo que les sucedía a ellos, Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba (de pie, según el texto griego) a la derecha de Dios (en el lugar de autoridad). Otros pasajes hablan de Jesús sentado a la derecha de Dios (Marcos 14:62; Lucas 22:69). Esto parece indicar que Jesús se levantó para darle la bienvenida al primer mártir que daría testimonio a cambio de su vida. Notemos también que Esteban usó el término que el Sanedrín había oído usar a Jesús con frecuencia al hablar de sí mismo: "el Hijo del Hombre".

AI oír esto, el Sanedrín dio grandes voces (chillaron). Se pusieron las manos en los oídos para no escuchar las palabras de Esteban, y a una (con un mismo impulso espontáneo y los mismos propósitos), arremetieron contra él, lo echaron fuera de la ciudad (Números 15:35) y comenzaron a apedrearlo. La ley romana no les permitía a los judíos llevar a cabo ejecuciones (Juan 18:31). No obstante, es probable que esto sucediera cerca del final del gobierno de Pilato, cuando éste había caído en desgracia con las autoridades de Roma, y aquellos judíos se aprovecharon de su debilidad. También hay evidencias de que Vitelo (35-37 d.C.), legado imperial, estaba en aquellos momentos tratando de ganarse el favor de los judíos, y hubiera estado inclinado a pasar por alto todo cuanto hicieran.

Sin embargo, el Sanedrín sí siguió los procedimientos legales, haciendo que los testigos tiraran la primera piedra (Deuteronomio 17:7). En efecto, estos se quitaron los ropajes exteriores para estar más libres al tirar las piedras, y los depositaron a los pies de un joven llamado Saulo. De esta manera vemos que Saulo fue testigo ocular de la muerte de Esteban, y probablemente de su predicación. Esta es la primera mención de Saulo, y nos prepara para lo que se dirá más adelante.

Mientras apedreaban a Esteban, él invocaba a Dios diciendo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu." Entonces, puesto de rodillas, clamó a gran voz: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado." ("No pongas este pecado en su cuenta", sería una buena paráfrasis que expresaría el sentido de su exclamación.) ¡Cuánto se parecía a Jesús! (Vea Lucas 23:34.)

Después de haber dicho esto, Esteban durmió. Es decir, murió. (Compare con 1 Tesalonicenses 4:15; 2 Corintios 5:8; Filipenses 1:23.) Hubo algo especialmente pacífico en esta muerte, a pesar de su naturaleza violenta. De esta forma, Esteban se fue a estar con Jesús y se convirtió en el primer mártir de la Iglesia primitiva el primero en una larga lista de creyentes que darían su vida por Jesús y por el Evangelio.

Autor: Stanley M. Horton -Editorial vida- ISBN 0-8297-1305-0

 

 
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